Creo que no hay mayor signo físico de “hacerte mayor” que el de arrugar los ojos y alejar el móvil, el papel, el bote de mascarilla para el pelo… lo que quiera que sea que intentes leer para ver si así enfocas y consigues leer una puñetera línea seguida en tamaño minúsculo. Sí. La vista me abandona paulatinamente, como me abandona el desodorante una tarde de agosto, como me abandona la paciencia en la cola de la itv, como me abandona la sonrisa cuando me llaman “señora”. Yo creo que, en realidad, la vista se pierde porque como hemos visto tantas cosas, la mente sabia nos quiere ahorrar tiempo vacío y nos hace tirar de memoria, de recursos, de eso que ya hemos hecho mil veces y no necesitamos volver a leer de nuevo. Y, mientras me consuelo con esta absurda teoría, busco como una posesa en el bolso una de tantas gafas que reinan en mi vida a ver si consigo escribir dos líneas más sin terminar con las cejas pegadas en una de tanto arrugar el ceño. He de confesar que me niego rotundam...
¿Tú eres de las personas que consigue estar en la parada del tranvía con tiempo para esperarlo y entrar a pasos normales o, por el contrario, eres de las que tienen que salir corriendo encima de unos tacones de diez centímetros porque cuando estás llegando a la parada el muy jodido ya está parando y te dejas la vida en llegar y conseguir entrar antes de que el conductor -siempre me lo imagino con la risita malvada apretando el botoncito de cerrar la puerta mientras mira por el retrovisor y ve que tienes la mano en la puerta- te cierre en las narices?; y no hablemos de la respiración maratoniana, si consigues entrar, y el mareo de pato con el que intentas buscar un rinconcito para apoyarte y recolocarte toda tú y recuperar la medio dignidad que perdiste en la carrera. Pues a todas estas estaba cuando meto la mano en el bolso para guardar el móvil después de ticar el bono y me pinché con algo. Busqué qué había sido y encontré un llavero que en su momento fue monísimo y que compré creyen...