Creo que no hay mayor signo físico de “hacerte mayor” que el de arrugar los ojos y alejar el móvil, el papel, el bote de mascarilla para el pelo… lo que quiera que sea que intentes leer para ver si así enfocas y consigues leer una puñetera línea seguida en tamaño minúsculo. Sí. La vista me abandona paulatinamente, como me abandona el desodorante una tarde de agosto, como me abandona la paciencia en la cola de la itv, como me abandona la sonrisa cuando me llaman “señora”. Yo creo que, en realidad, la vista se pierde porque como hemos visto tantas cosas, la mente sabia nos quiere ahorrar tiempo vacío y nos hace tirar de memoria, de recursos, de eso que ya hemos hecho mil veces y no necesitamos volver a leer de nuevo. Y, mientras me consuelo con esta absurda teoría, busco como una posesa en el bolso una de tantas gafas que reinan en mi vida a ver si consigo escribir dos líneas más sin terminar con las cejas pegadas en una de tanto arrugar el ceño.
He de confesar que me niego rotundamente a comprarme unas progresivas. ¡Vamos hombre! Eso sería como admitir que las necesito de verdad (de verdad de la buena) y mientras sigo escribiendo gilipolleces para auto convencerme consigo encajarme “las de cerca” y mi alma respira aliviada. Debo tener seis o siete. Tres de lejos y dos de cerca. Las trato mal. No las cuido lo que debería y las voy pasando de bolso en bolso según vaya al cine o al cole, o incluso al Mercadona… porque no, no consigo leer los malditos componentes de la gelatina y a ver si por un casual voy a traerle a la vegetariana la que contiene colágeno del de verdad, de los animalitos, y la mato de un disgusto.
Hay veces en las que me resisto y lo intento de verdad, sobre todo para leer, pero tengo que sucumbir a la realidad de la necesidad. Otras veces lo llevo mejor porque como suelo ir a lo mío mientras camino, pues no ver de lejos me ayuda a ahorrarme saludos o sorpresas que romperían mi tranquilidad. Pero qué bueno es saber que están ahí y usarlas cuando de verdad lo necesitas y reconocer el respiro que te da ese alivio de ver las cosas claras. Para bien. O para mal.
Pues con la vida me pasa lo mismo.
A parte de las de las dioptrías voy a hacer alarde de valentía y a reconocer en voz alta que durante toda mi vida he usado más gafas de las que debería. Tan diferentes y tan recurrentes todas; pero al final con el mismo objetivo, si me apuras. Distorsionar.
Espera Dorta; ¿no hablábamos de que servían justo para lo contrario? ¿Para enfocar y aportar nitidez? Sí, las de pasta de colores con cristales sí. Ahora estaba hablando de las que nos ponemos en el alma. Y fíjate tú qué cosa, que esas sirven justo para todo lo contrario.
Desde que tengo uso de razón (y los que me conocen muy muy bien saben que es cierto) poseo una intuición tremenda, desorbitada a veces; entrometida y metiche, a la que casi nunca invoco, pero ella se hace presente porque sí. Después de taintantos años es decente por mi parte que reconozca que no suele fallar la muy jodida. A veces miro para otro lado, me tapo los oídos mentalmente, pongo la música más fuerte, o me pongo gafas diferentes. Nada sirve. ¡Y mira que me lo curro eh!, ¡y mira que lo intento! Tengo gafas de tonos pastel, para endulzar la mirada y suavizar eso que, desde el principio, sé que no es real; un paripé de toda la vida, ¡vamos! Otras veces me pongo gafas oscuras, para parecer más seria y no dejar entrever los hilos de ternura que me harían parecer “implicada” en el suceso; otras me pongo unas muy chachis que hacen poner mis ojos hacia arriba, demostrando indiferencia; tampoco cuela al final. Y muchas muchas veces he tirado de otras muy recurrentes que barnizan de una capa de seguridad al inseguro, a la insegura de turno que sé que me va a hacer la cama más tarde o más temprano, que olisqueo desde el minuto uno que no es trigo limpio y me la va a jugar. Porque alguna vez, hasta los que tenemos una intuición tan desarrollada, querríamos no tenerla, querríamos que pasasen un montón de cosas desapercibidas y un montón de gente sin pena ni gloria. ¡Pero qué va! Aquí la intensa de las narices no pierde detalle y se dice a sí misma más tarde o más temprano el odioso “te lo diiiiiije”
Es cierto que tengo que reconocer que dos o tres personas me han sorprendido de verdad y de esas ni con gafas de cristal de culo de botella hubiese sabido prevenirme. ¡Y no veas cómo han dolido los zarpazos, coño! Porque claro, aquí la que parece dura, que en realidad no lo es ni más ni menos que tú o que el otro, también se encariña y le duele el corazoncito cuando se tiene que lamer las heridas y rendirse a la evidencia de que le han fallado. Me pasó hace poco con una “amiga”. Lo pongo entre comillas porque no llegó a dar tiempo a que cuajase el término para escribirlo del todo -y graisadios- pero sí. Me puse, en un momento dado, una de las gafas de “ver a las personas como genuinas” Y a la mínima de cambio, cuando no sucedieron las cosas como ella quería, la “genuinidad” se convirtió en un despotismo que me tuvo bizca y con el corazón roto unos cuantos meses. Pero bueno, lo de siempre, te quitas las gafas, las guardas bien lejos y enfocas con los ojos del alma, sin cristales, sin aspavientos. Y asumes que no, que no todo el mundo es como uno piensa. Y no pasa nada. Porque realmente no pasa nada. El mundo sigue girando y con él todos nosotros. Y te das cuenta de que la calma sigue cerca, porque tu núcleo duro sigue estando ahí y te vuelves a mirar en el espejo, sin lentes de por medio, y te abrazas de nuevo y te pintas los morros y sales a la calle a caminar a dos metros vista.
También es verdad que no siempre son malas estas lentes que no se ven. Tengo que ser justa y reconocer que alguna que otra vez y gracias a que me he puesto las de la paciencia -las suelo necesitar a menudo-, o las de la calma para mirar y disfrutar de hacerlo, he aprendido a reconocer a personas maravillosas que de primeras no me decían ni fu ni fa y que al final se han hecho hueco en mis amores y han anidado bien fuerte en ese sitio que tantas alegrías me da.
A veces, cuando me reconcilio con mis demonios y decido darme una tregua y no exigirme tanto, las limpio todas con una gamuza suave hecha de tolerancia y de diversidad. Y mientras las voy limpiando despacito las miro y les agradezco que a veces me ayuden a distorsionar un poquito las cosas feas, que tampoco hay que ser tan realista siempre ¿no?
Y es que, al final, estos ojitos míos que empiezan a estar arrugaditos alrededor son de las cosas más valiosas que tengo porque me ayudan a mirar, a aprender, a sonreír, a amar, a besar incluso… Y, por encima de todo, me ayudan a devolverte a ti, por ejemplo, en forma de guiño todo lo bonito que retienen a diario de esta vida cojonudamente maravillosa que me han enseñado a observar.
¡Y chimpún! Vuelvo a meter en el bolso el manojo de gafas (las de verdad y las que no se ven) y lo dejo preparado en el perchero de la entrada para que mañana, cuando me lo cuelgue al hombre de nuevo por la mañana, tenga la tranquilidad de poder decidir si quiero ver algo más clarito o si prefiero disfrazarlo para no darle el beneplácito a mi intuición de joderme la partida desde el principio. Porque al final, la edad (que a veces parece que la deteste cuando en realidad la adoro) me deja que mire como y a quien me dé la gana, que para eso atesoro las enseñanzas de mi vida; para que me ayuden a ser cada día un poquito más sabia, un poquito más buena y ¿por qué no? Incluso un poquito más cínica también, que no soy Blancanieves carajo!


¡Maravilloso, Ana 👓🕶🥽🧠🫀👁💔❤️🩹❤️🔥💗!
ResponderEliminarMuy bueno querida🕶️👓👜
ResponderEliminarMe encantó Ana. Muy cierto AMIGA 😍
ResponderEliminarQué bien me sientan tus gafas Blancanieves! … (1937-2022)
ResponderEliminarGran verdad amiga!!, me encantó!!❤️😘
ResponderEliminarHermiga, cada día que pasa ves todo más clarito!!! Me ha encantado ❤️
ResponderEliminarAhora que yo también ando perdiendo vista y estoy empezando el camino de la aceptación me voy a agarrar a esa absurda teoría como agüita de mayo, que bien me vienes siempre, por eso estás cerquita tkm ❤️ Amiga Sabia
ResponderEliminar